7 de enero de 2017

¡PASIÓN EN LA FORMACIÓN!


El que ha sido cocinero antes que fraile, sabe lo que pasa en la cocina.

Este sabio refrán castellano describe muy bien algo que todo el mundo sabe: sólo se aprende haciendo. Y en el mundo de la formación sucede lo mismo, nadie nace aprendido.
Por eso, para aprender a impartir talleres, hay que dar talleres. Muchas personas se enfrentan a la divertida tarea de tener que enseñar o entregar una informació. ¿Cómo se hace eso?, preguntan.

Con este artículo comenzamos una pequeña serie con algunas “pedagogías” que te servirán como formador y capacitadora para entregar cualquier tipo de taller.

Verás que algunas no son muy “ortodoxas”, ya que no están sacadas de ningún libro, sino de la experiencia recogida en cada taller que ha impartido el equipo de formación de RADIALISTAS.


Pedagogía Extractiva

Las personas que van a recibir la capacitación no son cajas vacías. Cada una y cada uno es una rica mina de conocimiento, de saberes y experiencias.

Nuestra labor como formadoras y formadores consiste entrar a esa mina a extraer las riquezas que hay en ella. Quizás algunas veces nos encontremos minerales al natural, sin tallar, pero están allí. Sólo tendremos que limpiar el polvo que los cubre y darles una ligera pulida.

Será fácil entonces que, con el ruido del martillo extractor, el conocimiento despierte, la mente se ponga activa, se libere. Lograremos que, quienes están sentados en las sillas, encuentren su veta de sabiduría.

Para aplicar esta pedagogía hay que fomentar y desarrollar técnicas participativas y de construcción colectiva del conocimiento entre el grupo.

De nada sirve llegar con nuestra murga a sermonear. Esa es la pedagogía valeriana o somnífera, opuesta a la que estamos proponiendo en estas líneas.

Las dinámicas empleadas deben posibilitar el intercambio de ideas y conceptos, lograr que todos reflexionen y opinen, que juntos lleguen a las conclusiones que queremos dejarles como enseñanza.

Estos pedagogos extractivos, no se deben robar nunca el show. Tienen muy claro quiénes protagonizan el taller. Su labor es dinamizarlos, hacerles preguntas, cuestionarlos, propiciar el debate y lograr que todo el mundo participe.

A veces, se pintan de rojo y juegan el papel de Abogado del Diablo. Llevan la contraria, se oponen, tratan que la persona se interrogue de nuevo, rebusque dentro de sí argumentos para rebatir al diablo. En definitiva, piense por sí misma.

No alcanzaremos nunca nuestra meta si llegamos con los “ejemplos”. En algunos talleres llega el profesor, saca ceremoniosamente un CD, lo hace escuchar y dice que “lo que escuchan es una muestra de lo debemos hacer”.

Los monitos imitadores están en las ferias. El mejor ejemplo, la mejor demostración para alguien que participa en un espacio formativo, es la que puede construir por sí mismo.

No impartimos un taller para demostrar lo que sabemos hacer nosotros. Vamos para que cada participante se demuestre lo mucho que puede hacer por sí mismo y en grupo.

Después que el intercambio se agota, es cuando entramos en acción. Es el momento de hacer una breve síntesis, agrupando, recogiendo y ordenando las enseñanzas surgidas del grupo. Igualmente, es conveniente añadir algunas ideas que quizás se quedaron por fuera y creemos útil reseñar.

Pero sólo al final. El grupo siempre debe hablar más que nosotros. No olvidemos lo que tantas veces les repetimos a formadores: tenemos dos orejas y una boca para escuchar el doble de lo que hablamos.

Esta última frase define muy bien la llamada “subpedagogía” del trasero. Fue formulada por una buena formadora: esto entiende –decía señalándose la cabeza– lo que esto aguanta –y se señalaba las posaderas. Cuando la gente se empieza a inquietar en las sillas, a mover impaciente, es hora de salir a tomar un café.

Así que… ¡a extraer conocimientos!

En el próximo artículo seguimos con la Pedagogía problematizadora.

 

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